El ingenuo encanto de la torpeza

•enero 17, 2008 • 1 comentario

El otro día se hablaba de la torpeza. Siempre, siempre, desde que yo recuerde, he sido torpe. Era la típica niña que se caía de la silla en clase, la que se caía en la clase de gimnasia, la que se quedaba atascada en el churro va!  Y en el plinto, la que se quedaba sin silla en ese juego cruel y a la que se le rompía la tiza al escribir en la pizarra. Si a todo eso le sumas que encima era estudiosa, el resultado es que desde luego no formaba parte de los populares de la clase. Nunca era de las primeras a las que elegían cuando se hacían equipos a la hora de jugar, y cuando mis compañeras empezaron a pintarse a escondidas y a quedar en el banco de la esquina con los chicos del barrio jamás me invitaron. Mejor. Con 13 años prefería quedarme leyendo entradas de la enciclopedia y leyendo a Machado. Así me ha ido. Me da la impresión de que llegué tarde a algunas cosas.

 

Creo que existen dos tipos de torpes. Si eres torpe pero encantador, guapo, las coletas te saltan alegremente o tienes dos tetas enormes, es fácil que la gente te mire con simpatía y piense que más que torpe eres distraído, y que vea en ello una característica de tu ser y no un defecto. Si eres normalito o tus tetas no pasan de una 90 difícilmente te van a mirar con tanta simpatía. Pasarás a ser el torpe sin remedio. Porque mis descalabros podrían seguir. La torpe que resbala con la mochila en la montaña, la que se levanta una hora antes porque ha puesto mal el despertador, la que rompe las entradas del cine. Por eso me gustan los torpes, y las torpes, afortunadamente, somos muchos.

 

¿Qué tiene de interesante la perfección? Absolutamente nada. Shúrik, el protagonista del último libro que estoy leyendo, se enamora de Lilia, que tiene orejas despegadas, espalda peluda, y piernas torcidas. Ama su individualidad por encima de todo. Afortunadamente, llega una edad, en que la individualidad cuenta mucho más que los rasgos de un grupo en el que se puede o no encajar, en que pasa a ser un valor, y no una diferencia negativa.

 

Es curioso que la adolescencia sea una etapa en la que uno lucha por independizarse, afirmarse y reafirmarse, y sin embargo, es cuando más gregario y gris resulta. Los años afirman la individualidad, así que es más fácil que la torpeza también sea más disculpada con el paso de los años.

 

El otro día, en la cola del Mercadona, un hombre de unos cuarenta y pocos metía a destajo la comida y los productos en las bolsas de plástico. Lo miré pensando que las estaba sobrecargando. A los 5 segundos, cuando yo ya estaba pasando mis productos, volvió con las bolsas rotas, perdiendo por el camino los productos. Volvieron a darle bolsas, y se le volvieron a romper (esa sobrecarga!!). Toda la cola le miró con compasión, y no faltaron comentarios como: “a estos hombres no se les puede mandar nada”. La señora que pronunció la frase me miró buscando mi complicidad, pero se encontró con una mirada burlona. Creo que fui la única que entendió que seguramente aquel hombre dejaba los grifos abiertos, se le olvidaban los cumpleaños y la lluvia siempre le pillaba sin paraguas. Creo que fui la única que lo encontró encantador, aunque provocase un atasco en la cola.

 

 

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Escritores contra escritores

•enero 15, 2008 • 3 comentarios

Cuando la gente de tu alrededor sabe, o comienza a saber, que te gusta escribir, pueden darse dos fenómenos distintos, que no tiene por qué excluirse entre ellos. La gente puede optar por pedirte que le dejes leer lo que has escrito, bombardeándote después a preguntas, alabándote, en un ejercicio de buenas maneras que nunca terminas de saber, excepto si son amigos, de si es autoimpuesto o bien espontáneo. O bien, la gente puede hacer mutis por el foro. Es decir, que piensen que escribir es perder el tiempo. Y lo más seguro, es que muchos piensan que jamás te vas a comer una rosca y que si no es para tener reconocimiento y que otros puedan leerlo, para qué vas a perder el tiempo en ello.

Supongo, es inútil y mentiroso negarlo, que a todos los que nos gusta escribir, nos gustaría llegar a ser reconocidos. Y ya no se trata de ganarse la vida escribiendo, sino de tener una oportunidad de ver tu libro ahí, en un maravilloso escaparate, aunque asome tímidamente entre la colección de autores locales.

Recientemente, dos escritores locales, conocidos, como son Martínez de Pisón y Felix Romeo, han publicado sus dos últimas obras, que lógicamente han ido a parar al maravilloso escaparate de una maravillosa librería que tiene la grandeza y la valentía de quitar a Ken Follet del escaparate y optar por impulsar, si es que todavía les hace falta, la carrera de dos escritores que nunca generarán en vida lo que Ken Follet en un mes. Ni falta que les hace, porque sus los ejemplares de sus libros, expuestos en el escparate y aguardando en el interior de esa cárcel de papel, se agotaron a las pocas hora.

No tengo entidad ni juicio para valorar a dos autores que ya sólo por el hecho de publicar y escribir merecen todo mi respeto, a pesar de que Martínez de Pisón no me guste, y que crea que se repite. Con Félix Romeo me ocurre algo. Digamos, que el destino, o la vida, o lo que carajo sea, se empeña en que me tropiece con él. Leí su primer libro estando en la universidad. El destino quiso que me enamorara de un programa llamado La Mandrágora, uno de los mejores programas culturales que se han hecho en este país, que el dirigía, y que entrevistó, entre otros, a Paul Auster y Kazuo Ishiguro, que son también, por pura coincidencia, dos de mis escritores favoritos.

El destino quiso que hace unos tres años conociese a mi amiga la pintora, aquella que llora con Rothko. La mujer que llora con Rothko es a su vez amiga de Félix Romeo, al que no duda en calificar como algo presuntuoso, pero al que considera buen escritor. El destino quiso también que cuando estuve ingresada en el hospital, una de las limpiadoras de la habitación, entablase una animada conversación conmigo. Al verme con libros y escribiendo me contó: “mi cuñado también es escritor, es el hermano de mi marido”. Pues sí, su cuñado era Félix Romeo. La anécdota me hizo gracia, y si al día siguiente hubiése vuelto para limpiarme la habitación, le habría hecho más preguntas, pero los servicios de limpieza de los hospitales tienen muchas personas en plantilla y muy cambiantes. también pensé en que parecía extraño que la cuñada de Félix Romeo fuese limpiadora. No porque ser limpiadora sea extraño, al menos, lo mismo que ser escritor, sino porque uno imagina a la familia de un escritor conocido dedicándose a la abogacía, la medicina, la pintura, o regentando un restaurante. Una soberana estupidez.

Todo este rollo, para explicar, que tengo que comprar la última novela de Félix Romeo, aunque el título, “Amarillo”, me chirríe como las ruedas de un carrito de comidas en un pasillo de hotel mal encerado.

¿Quién escribe los textos de la contra de los libros? ¿los propios autores? ¿los editores?

¿un amigo del alma al que le pides que describa tu novela en cuatro párrafos?

¿Quién llega a conocer mejor una novela? El escritor, cargado de subjetividad, o ¿un extraño?

¿Cuando tiene alguien la fuerza y la autoría moral suficiente para decirse, soy escritor?

¿Alguien es escritor porque publica o porque escribe?

Expiación: más allá de un subtítulo

•enero 14, 2008 • 1 comentario

Siempre que voy a ver una película basada en un libro, lo hago con algo de miedo. Si el libro es de aquellos que te ha cautivado, existe el miedo a que la película no cumpla las expectativas. Krys me dice que no debería comparar la historia que cuenta el libro con como la cuenta la película, ya que los lenguajes son completamente distintos. Las imágenes hacen que pueda bastar una mirada para suplir medio capítulo de disquisiciones amorosas.

Si el libro además es de Ian McEwan, autor de maravillas como Amsterdam, Expiación, o la más reciente Sábado, el listón sube enteros.

Los subtítulos de las películas en nuestro país, y supongo que en cualquier país con traductores poco ingeniosos, muchas veces hacen faco favor a las mismas. Expiación: más allá de la pasión, es uno de ellos. Incluso el trailer, pasado estos días hasta la saciedad en los medios de comunicación, plantea la historia como un romance con dosis ya no de azúcar, sino de sorbitol en pastilla, no apto para estómagos delicados.
Convencí a Krys para que me acompañase con el argumento de que la novela era magistral. Y no se arrepintió.

La película nunca estará para mi a la altura del libro, pero logra aprobar con nota, gracias a una serie de virtudes impecables.

-Una fotografía y un pulso narrativo, sobre todo en su primera mitad, sobresalientes.
-Un puñado de actrices que bordan sus papeles, entre los cuales, curiosamente, y a pesar de su creciente y estremecedora belleza, Keyra Knightley palidece como un cubierto de plata al que hace tiempo que no se le saca brillo. Vanessa Redgrave se come la pantalla literalmente en 10 minutos magistrales de interpretación, mientras que la pequeña Ronan, que interpreta a una Briony cuasi adolescente, admira con una interpretación de cuasi adulta.
-La propia historia, el libro de McEwan, que pone sobre la mesa el sentimiento universal de la culpa y el pecado, la redención y la manera en que un pequeño o gran error, puede afectar no sólo a nuestra propia existencia, sino a la de los que nos rodean.

No contaré más para los que quieran ir a verla.

Un día me gustaría hablar sobre la expiación, el pecado, la religión y los sentimientos de culpa que todos alimentamos desde pequeños.

Creo que la próxima será Halloween de Rob Zombie. Krys me ha dicho que me gustará, que la novela es magnífica y Rob Zombie tiene muchas posibilidades en los Óscar.

•enero 11, 2008 • 2 comentarios

Necesito que si podéis leáis esto y me digáis que os parece hasta aquí. Está sin acabar,digamos que estaríamos alrededor de la mitad de la historia. Y por favor, criticadlo!!

está escrito del tirón y sin corregir, así que supongo que será bastante desastroso.

Gracias!

Casi todo el mundo que sentía un verdadero aprecio por Monsieur Pascal Lazareanu le llamaba Monsieur Lazarino. Aunque a Monsieur Lazareanu, aquello de Lazarino le parecía que le quitaba prestigio a su persona, y casi podía imaginar como las estrellas de la guía Michelin otorgadas a su restaurante gritaban ante aquel diminutivo cariñoso que sonaba a hijo de Mamma italiana con olor a boloñesa y gran delantal con bolsillos.

Monsieur Lazareanu no siempre se había llamado así. Hacía años, muchos años, no había sido más que el pequeño Henri. Henri había nacido en Detroit, en tiempos de la gran recesión económica del 29. Su padre, un industrial del acero al que la vida había sonreído, se vio sacudido por la dura situación económica, así que los Ford trasladaron su residencia hasta Detroit, donde las cosas parecía que podrían ir mejor. A finales de 1929 nació Henri, bautizado así en honor del imperio Ford y de aquel Detroit que les había traído buena suerte.
El padre de Henri, Milos, siempre había sido aficcionado a la velocidad y a los coches, así que desde tierna edad Henri se vio colmado de réplicas de automóviles carísimos.

Pero el pequeño Henri no se sentía motivado por aquellos diablos sobre ruedas de brillantes colores. En cuanto tenía un momento libre, corría a la gran cocina en la que la señora Ford y Bernadette, la doncella, cocinaban y disponían el día a día. Henri se subía a una gran banqueta azul que renqueaba de una pata y no perdía detalle de la manera de cortar de Bernadette, que había servido a un rico matrimonio italiano antes que a los Ford. Aprendió desde muy pequeño a distinguir la cebolleta de la chalota francesa o la cebolla roja, y que el nombre científico era Allium Cepa, que había llegado a Norteamerica tras un largo viaje desde Asia. Esto último no lo aprendió de Bernadette. Algunos sábados por la mañana, en lugar de ir a jugar al beisbol, se escapaba y tomaba el autobús número 122 hasta Warren Avenue, y caminaba hasta la Biblioteca Pública de Detroit. Fue su primer carnet de socio de algo que realmente le gustase. Su primer carnet de algo había sido el de el Salón del Automóvil de Detroit, al que su padre le arrastraba desde que había cumplido los cinco años. Henri odiaba todo aquel alboroto y aquella locura, los hombres fumando en la entrada, las mujeres con estolas de piel, los conocidos que palmeaban a su padre en el hombro y le pellizcaban los mofletes. Pero sobre todo odiaba la cara de su padre, aquel gesto de lujuria y deseo que se instalaba en su cara como una máscara horrenda y que no se quitaba hasta varios días después. Henri sufrió durante años aquellas sesiones maratonianas de egos masculinos enfundados en trajes de chenilla gris, aquel sentimiento no entendido de frivolidad y deseo que se medía por los números que marcaban aquellos cuentakilómetros.
En la biblioteca pública, Henri aprendió a distinguir la cebolla Liria de la Cristal Wax, la Grano de oro de la Morada de Amposta, la Barletta de la Amarilla de Pompei. Aprendió sobre tipos de tomates, de hortalizas, de frutas, de pastas, panes, salsas. Bernadette alimentaba la curiosidad de Henri contándole extrañas historias sobre tubérculos carísimos que crecían en tierras italianas y por las que se podía llegar a pagar una fortuna, como la trufa blanca. También le contaba que las mandrágoras crecían bajo tierra y que la leyenda decía que si las arrancabas a medianoche, podías escuchar sus gritos de terror. A los nueve años Henri sabía más sobre alimentación que cualquier dueño de los colmados de Green Acres, el barrio en el que residían los Ford.
Cuando Henri cumplió diez años, sobrevino la gran tragedia. Aquel 12 de diciembre de 1938 Henri se levantó de la cama y bajó al salón esperando ver, sobre el tapizado verde en capitoné del sofá, la gran cocina de juguete que le había pedido a su madre como regalo especial por su décimo cumpleaños. Su madre le había prometido que haría lo posible por regalársela. Pero sobre el tapizado lo único que había era un enorme coche rojo, el último modelo lanzado por la Ford Motor Company aquel invierno, el Mercury 8 Sedan, una edición especial con tapizado en cuero blanco y salpicadero de madera de palisandro. Henri lo conocía muy bien porque su padre no dejaba de hablar de cómo le gustaría vender el viejo Volvo familiar y comprar el Mercury. Henri ni siquiera tocó el coche, cuando su padre volvió del trabajo el coche seguía ahí, insultante. Milos sintió que su ego de padre y de hombre amenazaba con desbordarse y arrasar con lo que se pusiera a su paso. Llamó a Henri. El pequeño se presentó en pijama, aludiendo que se encontraba enfermo.

– Henri. ¿No te ha gustado tu regalo de cumpleaños?. ¿Por qué sigue sobre el sofá? ¿No has ido a jugar con él y con tus amigos?
– Yo quería una cocina.
– ¿Qué has dicho?
– Que yo quería una cocina.
– ¡Margarrrrrrrrrrrrrettttttttt! El nombre de su madre restalló como un látigo rapidísimo cortando el aire irrespirable.
– ¿Qué ocurre? Margaret llegó corriendo secándose las manos en el delantal.
– Margaret. ¿Por qué tu hijo me está diciendo que quería una cocina como regalo de cumpleaños? ¿Tú sabías algo?
– Sí. Pero sabía que tu no ibas a estar dispuesto a pagar lo que costaba.
– Mira bien a Henri, Margaret. ¿Acaso tu hijo lleva falda? ¿Acaso va a clases de ballet con la señora Ingdoll? ¿Acaso es una jodida maricona?
– ¡Milos! No hables así…
– Mi hijo no volverá a hablar de cocinas ni va a volver a pasar tanto rato contigo en la cocina. Ya basta de consentirlo como a una niña boba que sueña con prepararle la cena a su marido. Henri será industrial, como su padre, o ingeniero, o constructor de puentes. Incluso puede que médico, y Dios sabe que no creo en esos jodidos matasanos. Pero no será una loca, ni escritor, o cualquiera de esas mierdas que arrastran a la perdición a este país. ¡Será un hombre de provecho porque yo, Milos Ford, así lo digo! Y dió tal patada al sofá que desde entonces siempre hacía un peculiar chirrido cuando uno se sentaba en él.

Al año siguiente estalló la guerra en Europa. Los años siguientes Henri vió como su padre se enriqueció y amplió su empresa, creando dos sucursales en ciudades satélites de la gran Detroit. El acero era necesario para muchas cosas, aunque Henri intentaba no pensar en que se emplease en la fabricación masiva de armamento, ni siquiera para matar a “aquellos malditos amarillos”, como los llamaban los amigos de su padre. Henri siguió asistiendo a clase, escapándose a la biblioteca pública, y distanciándose más de su padre, al que había comenzado a detestar hasta lo inimaginable. Aquel odio se fue fraguando en él como una mancha que se iba extendiendo, y que ningún quitamanchas lograría arrancar. Aquel malestar creciente le llevó a rechazar no solo a su padre, sino aquella ciudad, aque país, aquellos valores tan poco sensibles a su naturaleza. Cuando acabó la guerra, Henri había tomado la irrevocable decisión de que su vida no estaba allí, en un país que adoraba el rubio platino de las estrellas de televisión, el algodón de azúcar, las ferias agrícolas y pedir el desayuno desde el automóvil. Europa siempre había tenido para él una mágica atracción, y soñaba con ir a París, estudiar hostelería y llegar a tener su propio negocio. A todos estos sueños contribuía Alain, un estudiante parisino que había llegado al instituto privado al que asistía Henri y que era como el Laurence Olivier de Cumbres Borrascosas pero a lo francés. Alain era un querubín rubio, de exquisitos modales y que no entendía una palabra de inglés. Eso no impidió que Henri, dotado de una especial sensibilidad, y él, enseguida se hiciésen amigos. Henri le enseñó el idioma y Alain, sin problemas monetarios, le descubrió encantadores bistró franceses que hicieron soñar a Henri con viajar hasta la ciudad de la luz.
Henri terminó la secundaria con unas notas excelentes. Aquel invierno cumpliría 18 años. A través de los padres de Alain, diplomáticos, logró información sobre una de las más reputadas escuelas de hostelería de París, la École Supérieure de Cuisine Française Gregoire-Ferrandi, fundada en 1932 y que en pocos años había alcanzado fama incluso fuera del viejo continente. Para ser admitido, debía primero cursar un año de un curso preparatorio culinario. Los padres de Alain, una vez más, fueron la mano, blanca esta vez, que intervino con gracia divina. A través de unos amigos del señor Parrillaud, el padre de Alain, Henri tuvo pronto un lugar en el que instalarse en París, por un módico precio de alquiler, que pagaría en concepto de lecciones de inglés para los hijos del matrimonio Dumarais. Una vez allí se inscribiría en una escuela prepataroria y al año siguiente haría las pruebas de ingreso para la Ferrandi.
Una vez que el futuro se dibujaba claro para Henri, sólo quedaba contárselo a sus padres. Viajar sólo, a Europa, y para estudiar cocina. Sabía que su padre lo iba a impedir a toda costa. Pero Henri estaba dispuesto a hacer lo imposible por marcharse. Se lo contó a su madre, y a Bernadette. Pero a su padre le contó una historia muy distinta, un cuento ruso increíble para todo el mundo que lo conociése excepto para alguien tan ciego como Milos Ford, empeñado en que su hijo sería constructor de puentes o importador de vinos. Consiguió que la École d’Architecture de Paris-La Villette le mandase los impresos de admisión, y el señor Parrillaud se hizo pasar por Monsieur Castex, el director de la institución, así que Milos Ford hizo el ridículo más espantoso al tartamudear y sacar a relucir las cuatro palabras francesas que había aprendido en sus acuerdos con empresas francesas para la producción de acero inoxidable durante los años de la guerra. Milos Ford no podía abandonar sus negocios, pero pagó dos billetes de avión para Margaret y para Henri, además de la matrícula de primer curso y el alquiler de la habitación de la residencia universitaria. El 5 de octubre de aquel año despegaron desde el aeropuerto de Detroit hasta el Charles de Gaulle de Paris. Henri y su madre disfrutaron de una semana juntos en la gran ciudad, subiendo a la Torre Eiffel, comprando ropa en las Galerías Lafayette, sentándose en bellas terrazas en las que pedían “caraffe d’eau” (agua del grifo), y que a Henri le provocaba verdaderos ataques de risa cuando Margaret pronunciaba un marcado “cagf do”. Descubrieron la cadena Bistró Romain, en la que se habituaron a cenar un solomillo con patatas y la “salade” de la casa. La noche anterior a la partida de Margaret, hasta pidieron un vino blanco de Aubergne, y los dos brindaron por el futuro de Henri, aunque a Margaret le preocupaba como iban a mantener engañado al señor Ford. Henri confiaba en que cuando le tuviése que contar la verdad, contaría ya con un empleo que le permitiése no tener que depender más de la vanidosa dadivosidad de aquel magnate de medio pelo que era Milos Ford.
La despedida en las escaleras de la residencia de los Dumarais fue triste, pero llena de esperanza. Margaret abrió el gran bolso gris y sacó tres objetos. Una fotografía tomada en el jardín familiar, cuando Henri cumplió tres años, un diente de leche atado a un lazo azul, y una arrugada receta de pastel de carne con pasas y manzana, la especialidad de Margaret. En los días siguientes, cuando Henri se sentía triste, olía el papel, que a fuerza de años, había llegado a oler como el propio pastel de carne.

Los años siguientes fueron un ir y devenir de momentos alegres y desdichados. Henri abandonó su nombre de pila y cuando ingresó en la escuela de cocina, pasó a llamarse Pascale Lazareanu. A fuerza de insistir en que todo el mundo le llamase así, consiguió que incluso los profesores se dirigieran a él como el pequeño americano francés. Henri depuró su acento hasta el extremo, abandonó cualquier signo que delatase que apenas llevaba un año viviendo entre parisinos. Pronto destacó en las clases de hostelería, era tal su empeño y su amor al arte culinario que pronto Monsieur Machefaux, el profesor de cocina con verduras, se fijó en él. Monsieur Machefaux comenzó a dejar que Henri se quedase con él después de algunas clases, y a finales de aquel primer curso, le ofreció su primer empleo, como pinche de cocina para los turnos de sábado en el restaurante de su propiedad, Le Belle Ontine. Cocina francesa con un acentuado toque mediterráneo que enseguida entusiasmó a Henri. En aquel restaurante Henri aprendió la diferencia entre los clientes que se podían clasificar como “gourmet” y los que entraban de lleno en la categoría de “gourmand”, entre ser un buen cocinero, y ser realmente excepcional.

Henri pronto pasó de pinche a auxiliar, de auxiliar a encargado. Pronto pudo decirle a su padre toda la verdad, en cuanto pudo mantenerse por su cuenta y saber que tenía en sus manos un don que no iba ni quería desaprovechar. Milos Ford volvió a proferir voces y a jurar que su hijo era una nenaza, un mariconazo peor que los chicos que se paseaban junto a los muelles. Estuvo varios días sin hablar, paseándose arriba y abajo como un perro enjaulado, con fiebre, sin comer y fumando un cigarrillo tras otro. Margaret intentó ignorarlo, exiliada en aquella parcela de la casa que nunca había sido contaminada por la verdad absoluta de Milos y sus rancias ideas sobre lo correcto y lo corriente. Porque Margaret estaba orgullosa de Henri, de sus progresos, de lo bien que hablaba el francés y de que no hubiese sucumbido a ese durísimo mundo de los negocios, las reuniones obligadas, las fiestas a altas horas de la noche y las sonrisas a medio construir, que se quedaban prendidas como broches mal cerrados que podían pincharte en cualquier momento. Henri la llamaba una vez a la semana, lo que permitía su sueldo, y a veces hasta conseguía que Bernadette, cada día más mayor pero mejor cocinera, se pusiera unos segundos al teléfono.

Henri superó con matrícula de honor en todas las asignaturas sus estudios de cocina y hostelería, listo para decirle al mundo lo que aquel pequeño americain era capaz de hacer. Ahorrador, Henri había reunido en aquellos años una cantidad suficiente de dinero para pedir un crédito e intentar su propia aventura, un restaurante de comida internacional pero con un toque francés, moderna, con ingredientes de calidad y siempre con una nota de riesgo. Así, unos meses después, nació en el Fabourg Saint Germain, muy cerca del Café de Flore, frecuentado habitualmente por intelectuales como Sartre o Simone de Beauvoir, el resturante de Henri, bautizado como Caripeau,

Lazarino

La prodigiosa Céline

•enero 9, 2008 • Dejar un comentario

Hace una semana aproximadamente, terminé un libro recomendado por mi madre:”En tiempo de prodigios”. Reconozco que lo que principalmente me motivó a leerlo fue que a ella le había gustado mucho, y no porque mi madre y yo solamos coincidir demasiado en nuestros gustos lectores, ya que ella jamás entendería que me gustase Palalhniuk o yo no leería nada de Antonio Gala, a no ser que alguien me obligase con una metralleta. Pero la vi tan conmovida por este libro que me obligué a leerlo. Y curiosamente, contra lo previsto, me ha gustado. Y curiosamente, me ha gustado estando escrito por una mujer, una mujer que no es Jane Austen, ni Doris Lessing, ni Amelie Nothomb ni Sylvia Plath o Marguerite Duras. Porque para colmo, es española. Y yo leo, a mi pesar, pocos autores españoles, y todavía menos, seguramente mal hecho, autoras españolas. Ahí, tirando piedras contra mi propio tejado.

El libro entrecruza dos historias, una historia de amor materno-filial ante la imagen de una madre que se fue, víctima del cáncer, aunque aquí la enfermedad sólo sirva de base para hacer un panegírico monumental de la madre, esa madre con mayúsculas que todos invocamos de vez en cuando. La madre de cualquiera. Que madre, ya lo sabemos, no hay más que una. La otra historia, la vida de un abuelo que recuerda toda su vida, desde la niñez en Galicia hasta la madurez, sus vivencias en el ejército, la escalada del poder nazi, amores imposibles y sobre todo, mucha humanidad. Quizá el secreto del libro sea ese, una historia a priori sencilla, pero bien escrita, sin cabos sueltos, tremendamente honesta. Así que he hecho feliz a mi madre diciéndole, sin tener que mentir, que el libro me había gustado. Normalmente soy yo la que le recomienda que lea tal o cual libro, me gusta que los papeles se inviertan.

Ahora estoy con un libro apartado demasiado tiempo y del que ya una vez comencé las diez primeras páginas y abandoné por un viaje. “Voces en el laberinto”, de Céline Curiol. Envidio a Céline por tres razones:

-Es francesa, y como todos saben, las francesas se hartan de baguettes y croassants con mantequilla, pero no engordan.

-Además de periodista freelance esta es su primera novela. Una novela, de la que tan sólo con leer las 10 primeras páginas, sabes que te va a demoler. Por la maestría de la palabra, del tiempo, de las emociones que destila. Y como las maneja la muy francesa. Su primera novela.

-Paul Auster alabó esta novela, como una de las mejores primeras novelas que jamás había leído nunca. No creo que Auster se haya encaramado encima de la francesita come-baguettes, así que supongo que la chica merece los elogios. (en este momento Paul Auster, al que tengo al lado, quiere interrumpir, diciendo que además está muy buena). Shhhhhhhhssttttt Paul, cállate, no me arruines mis disquisiciones! Dedícate a molestar al bueno de Martin Frost.

En fin, a pesar de que el primero me gustase sólo recomiendo el segundo. Porque creo que estaba predispuesta a que me gustase el primero por mera conjunción sentimental de los astros de todas las madres. El de Céline me inspiró para el primer post y relato que ha inaugurado este nuevo blog. Así que, con permiso de Paul, gracias, guapetona.

La culpa fue de Haydn

•enero 8, 2008 • 2 comentarios

El despertador no ha sonado. No hay luz en la habitación. ¿Qué hora es? ¿Qué día es?

Tardo unos minutos en darme cuenta de que no han transcurrido años desde ayer, que solamente han pasado unas horas. Las cortinas siguen cerradas, dejando tras el ventanal al resto de la humanidad. Quiero quedarme aquí un rato más, entre las sábanas, aspirando el olor a suavizante, que contrasta con el olor a tabaco que desprende mi pelo. La suavidad de las sábanas me hace pensar en la cantidad de cosas que recordamos por un sentido concreto. La voz de mi padre cuando se enfadaba. Los pliegues alrededor de la boca de mi madre cuando sonreía al ir a recogernos al colegio. El sonido del fluorescente de mi cuarto de estudiante, donde pasé tantas horas. El olor a manzana que siempre desprendía Valentina, la rugosidad de los codos de Mario, los pies hundiéndose en la nieve en aquel viaje a Dinamarca, los fuertes abrazos de mi último amante en el andén de la estación de Atocha, la cinturilla de esa falda que me aprieta, los roces buscados en el autobús de camino al trabajo, las voces monótonas que anuncian la salida de los trenes en la estación, el cerco que deja el vaso de café con leche en la mesa de mi despacho, tan perfecto, tan imperfecto, tan imperecedero.

La fiesta de ayer fue un auténtico desastre. Mi vestido de 300 euros no acabó en el suelo de un hotel caro, arrugado de cualquier manera. No hubo una habitación 305 cargada de olor a sexo, ni cristales empañados, ni tampoco sexo apresurado y doloroso en un ascensor parado entre dos pisos. Me recuerdo a mi misma sentada en el largo sofá, entre aquella gente desconocida, anónima, dormida. Mi ingenio desaparecido, sepultado por un vestido demasiado caro que me disfraza. Apenas lo vi, sepultado entre aquellas personas que no me interesaban nada, secuestrado por artistas, por lolitas treinteañeras, y sobre todo, por el tipo aquel que no se despegaba de él. Apenas pude dirigirle un par de frases estúpidas. “Estás preciosa esta noche”, me había susurrado él al llegar. “Gracias, tú también”. Me sentí increíblemente estúpida tras pronunciar aquellas palabras atropelladas. Él me había mirado, con una sonrisa irónica colgada de la boca, como analizando que había tras aquellas palabras, sopesando si merecería la pena intentar descubrir algo más de aquella amiga de su novia, de la que sólo sabía que vestía bien, que odiaba las ostras y que era una apasionada de Haydn y el rock sinfónico, que tenía en su casa un Giacometti original y que le gustaba ir sola al cine. Sintió que él miraba su nuca, que bajaba su cremallera de 300 euros con la mirada, que se detenía en el sujetador invisible, que medía su cintura con aquellos rayos X que a ella le parecían tan sexys. Desapareció entre la gente, los canapés y las charlas fútiles.

Volvió a verlo al final de la fiesta. Intercambiaron unas palabras, sus manos se rozaron en el marco de la ventana cuando él se acercó a decirle que escogiera una canción de despedida. Ella eligió, conscientemente, “L’encontro improwiso”, la ópera que sonaba en la exposición cuando los presentaron por primera vez. También fue la primera vez que el tiempo se detuvo, se hizo tan denso y tan corpóreo que pensó que podría atravesar el espacio. Durante días pensó que una enfermedad degenerativa le estaba haciendo perder visión lateral, hasta que comprendió que su mente había borrado todo lo superfluo para centrarse exclusivamente en él, y colocarlo directamente en su centro de visión. Como un disparo de precisión, una diana iluminada, un altavoz atronador resonando en su cerebro. Ni siquiera el éxtasis que había tomado ocasionalmente le había provocado una sensación tan maravillosa y tan cruel al mismo tiempo.

Vuelvo a aspirar con lujuria el olor a aquel sucedáneo del sexo que no he tenido, que quizás jamás tendré. Descorro las cortinas, y Madrid me parece sucio, caótico, como todas las copas apiladas en el fregadero de su casa, de la casa que comparte con Nuria, mi amiga, mi hermana del alma, a la que se que acabaré traicionando, a la que ya he traicionado. La culpa es de Haydn, de las malditas exposiciones del Círculo de Bellas Artes, de los cigarrillos, las películas románticas que acaban bien, de su voz, sus camisas negras y las arrugas de sus manos.

Recuerdo su mirada encendida cuando traspasé el umbral de su casa, cuando estaba esperando el ascensor, la puerta de su casa todavía abierta, despidiendo a los últimos invitados. Nuria le besa en la boca pero él me mira a mi, y el tiempo se vuelve a detener. Pero el romanticismo se ha ido a la basura, y ahora sólo queda el deseo, la urgencia de tener lo que el vestido de 300 euros no puede saciar.

Me levanto, preparo café. Destierro a Haydn al fondo de la librería, castigado por la Santa Inquisición del apartamento 12 de Recoletos 129. Y fumo, fumo mucho, fumo en blanco y negro, me fumo todos los momentos de la mañana, y luego de la tarde, y me dedico a no hacer nada, a recrearme y a retorcerme como una gata en celo agazapada en su sofá, esperando lo inevitable, esperando que el teléfono suene. No importa cuanto tarde, sé que sonará. El círculo tiene que cerrarse.

Hello world!

•enero 8, 2008 • 2 comentarios

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