Sílbame una vez más

Me llamo María. María de las Mercedes Salvador. Creo que con este nombre, mi destino estaba abocado a ser enfermera. Casi todas las mañanas, mientras me doy la crema hidratante, me repito: “Tú eres María de las Mercedes Salvador”. Para cuando termino con el masaje cutáneo que me recomendó la esteticista, ya me siento lista para cuidar del mundo entero, y me siento a salvo dentro de mi piel para no dejar que nadie cuide de mí, excepto yo misma.

Camino hacia el hospital, una hora exacta, intentando ir siempre pegada a la derecha. Es otra de mis múltiples manías, que se suman a las puertas cerradas, los chicles de sabores, los zuecos de color rosa fosforescente y colocar los termómetros boca abajo. Cuando llego al hospital las dos tostadas de pan de soja con mermelada se han quedado en el camino, pegaditos a la derecha, y yo me muero de hambre, pero el olor a comida del hospital casi siempre logra que resista sin comer nada hasta el mediodía.

La gente me dice que admiran como lidio con el dolor. Ellos no saben como me castigo cuando dudo de esta profesión, de su utilidad, de cómo hace que mi fe se tambalee. El dolor físico es sólo una parte de esta pesadilla en que todos los días se convierte la planta de oncología. Interferón, recuento de leucocitos, tamoxifeno, morfina, metástasis ósea, tumor primario por amianto, radioterapia, trombos que navegan desde una arteria secundaria hasta un pulmón, en un viaje caprichoso, vómitos, diarreas, calvicies prematuras, pieles que se desecan como un desierto. Padres, maridos, esposas, hijos, amigos, amantes. Y María de las Mercedes Salvador ahí, en la bahía, delante de una puerta, con los zuecos rosas, conteniendo la respiración, forzándose a contener las lágrimas que a veces le vienen a los ojos, las náuseas que le provoca tanto dolor ajeno.

Casi nadie sabe que yo quería ser arqueóloga. Andar entre ruinas, entre piedras, entre objetos inanimados que me contasen sus historias sin necesidad de mover los labios, de emitir sonidos, sin necesidad de ayudarles a levantarse. Viajar, descubrir yacimientos, codearme con la ciencia y la historia como quien queda con dos viejas amigas. Pero Vicente cambiarlo todo. Vicentín era un niño de mi edad, que venía a bañarse a la piscina de mi casa, y cuyos padres eran amigos de los míos. Cuando teníamos doce años lo reté a un concurso para ver cual de los dos aguantaba más la respiración bajo el agua. Vicentín estuvo a punto de ahogarse, y a mi me quedó un complejo de culpa tremendo, así que le pedí a dios, que si Vicentín se recuperaba de aquel encharcamiento en sus pulmones, yo le consagraría la vida a los demás. Y así acabé aquí, en este hospital, al que una vez vino a visitarme Vicentín, que desde el accidente de la piscina sufre de una especie de silbido como si tuviese un tren de mercancías alojado en sus pulmones.

Cuando salgo a la calle siento que el aire me invade, que el ruido me impulsa hacia delante, que la vida fluye tras el interferón. La calle es mi refugio, es un sitio ajeno al dolor, al que egoístamente me aferro, en el que la gente da los buenos días, grita desde los coches, donde las prisas y las caras borradas al segundo me permiten olvidarme de toda esa retahíla de palabras que vienen tras mi primer nombre. Ahí soy María, y voy vestida de azul, camino en silencio pegada a la derecha, feliz ante esos rostros anónimos a los que no tengo que prestar atención, ni compadecer, a los que puedo olvidar al instante. Hasta esta tarde. Porque esta tarde dos personas han venido a quebrar mi burbuja urbana, mi paz de largas avenidas de escaparates, de rostros anónimos que no reflejan ni alegría ni pena, quizás sólo algo de cansancio o aburrimiento. He visto a una mujer de cabello rubio, llorando desesperada. Su cabeza inclinada mostraba unas raíces negras que la hacían todavía más patética, más digna de lástima. Yo acababa de sentarme a tomarme un café en la terraza de al lado, así que he visto todo el espectáculo de su amarga desesperación. Lloraba sin pudor, como si estuviese sola, secándose las lágrimas con unos puños de tamaño desproporcionado. Un hombre ha venido a buscarla y la ha abrazado en silencio, llevándosela de allí. Me he quedado un rato más, mirando la taza ahora vacía, sin saber exactamente que sentía. Y he vuelto al trabajo, he cogido el autobús, extrañamente medio vacío. Y ahí, ha vuelto a suceder. Me he fijado en una muchacha de unos 20 años, de cabello castaño, acné ligero, con una coleta que mostraba un pelo sin capas, sujeto con una goma color lila. Iba sentada en los asientos de la parte trasera. El autobús ha atravesado la Plaza de España y ha parado en capitanía general, donde tres soldados del ejército profesional, delante de un stand, repartían folletos y respondían las dudas de la ciudadanía. Un puesto de reclutamiento. Los ojos de la muchacha de la coleta se han arrasado completamente de lágrimas, sin llegar a derramarse. La he visto sofocarlas, alejarlas con el pensamiento, cerrar los ojos, y sentir una tristeza infinita. ¿Quizás un hermano, un novio en el frente? O peor, ¿un hermano o un novio que ya no está? O una hermana, o una novia. Da igual. Alguien. Algo. De hace tiempo. De hace poco. Da igual.

El dolor de estas dos mujeres me ha causado fiebre. Creo que llevo tanto tiempo lidiando con el dolor a diario, que al final se vuelve falso, no parece real. Hasta que te alcanza allí donde crees que estás a salvo, como si un terremoto te sorprendiera en tu casa, a medio vestir y con una sola zapatilla. Me he dado cuenta de que hace demasiado tiempo que me administro morfina para no sentir el dolor, y trankimazín para ser capaz de dormir. Que soy una sociópata que en realidad se escuda en el dolor ajeno para no escuchar el suyo. Por la noche, he sacado el álbum de fotos de la boda, que acabó siendo el álbum de fotos de toda una vida, vacaciones en pareja, el nacimiento del niño. Repaso lo que fue mi vida aquellos años, sintiendo que mis ojos arden pero no pueden llorar. La última fotografía es de 2004, justo aquel verano en que hizo tanto calor. Recuerdo a Enrique sentado al lado del balcón, con una jarra de cerveza helada en la mano, y con Nino sentado en las rodillas. Las hojas vacías del álbum de fotos me hacen sentir naúseas, pero por primera vez desde hace mucho tiempo soy capaz de recordar el accidente, las risas, y a Vicentín, que, casualidades de la vida, acabó siendo compañero de trabajo de mi marido, y hasta amigo suyo, diciendo que quería darnos un paseo en el coche nuevo. Recuerdo que en la histeria de los momentos que sucedieron al accidente, después de comprobar que ni Enrique ni Nino parecían respirar, me acerqué hasta Vicentín, que respiraba con dificultad. El silbido del pecho se había esfumado. Lo odié, deseé verlo muerto, deseé que hubiera muerto en aquella piscina, aquella vez, aquel año, aquel instante. Pero vivió, se alejó de mí como si nunca me hubiera conocido. Alguien me dijo que creía que se había marchado a vivir fuera de Madrid, pero durante mucho tiempo yo sólo pude imaginarlo en el fondo de una piscina, ahogado, teñido de azul, un monigote espantoso parecido a uno de esos muñecos con los que los socorristas practican, vestido con un gorro de los que usan los cirujanos cuando entran a quirófano a operar a vida o muerte.

Duermo con la esperanza de que la noche borre la sensación de haber retrocedido 5 años de golpe, o debería decir de una aguadilla. Sueño con piscinas, con mujeres que lloran tras velos que ocultan su cara. También sueño con el Doctor Beltrán Vallejo. Y descubro que es esto último lo que más me molesta.

Beltrán Vallejo es el jefe de cardiología del hospital. Suelo coincidir con él en el ascensor para personal del hospital que lleva directamente a la sala de café. Es educado hasta la irritación.

– Buenos días Mercedes

– Doctor Vallejo…

Nunca me he atrevido a llamarle Beltrán. No nos engañemos, médicos y enfermeras tratan de evitarse aunque las paredes cuenten a gritos los polvos en los boxes vacíos y los cuartos de descanso. Es como si alguien hubiera trazado una fina línea que separa a dioses y aprendices de santos. Por eso me ha sorprendido que esta mañana me abordase como lo ha hecho:

Mercedes, parece que no tienes hoy buena cara..

He dormido mal.

Sí, ha sido una noche extraña. Tampoco yo he dormido mucho.

Será el verano.

Será el calor.

Me dan ganas de contarle todo, lo de Vicentín, lo de Nino, el accidente. Me dan ganas de decirle que no he echado un polvo desde hace cinco años. Me dan ganas de decirle que necesito que me eche un polvo en este ascensor revestido de algún material ignífugo, y aún me da tiempo a pensar que es demasiado grande para que hacerlo contra la pared y usar mis piernas como amortiguadores. Pero no digo nada. Le deseo buenos días y salgo del ascensor delante de él, con la culpa pegada a los talones y los ojos de él siguiéndome de cerca.

Me ilusiono un poco pensando en Beltrán como una posibilidad, una ilusión remota, una aspirina efervescente entre tanto interferón. Y pienso en la cena anual del hospital, que me he perdido los últimos años, y decido que ahora que la presa se ha abierto y el agua se ha desbordado es el momento de que por fin se lleve por delante todo lo que se tenga que llevar.

Los días siguientes no coincido con Vallejo en el ascensor, ni en la sala de café, ni me lo encuentro en el parking. Este hospital es pequeño, así que pienso que se ha ido de vacaciones, o está en un congreso, un curso, o está matándose a polvos en un congreso, o un curso. Hasta que en el comedor, dos enfermeras de la planta de cardio me revelan la verdad:

¿Te has enterado de lo de Vallejo? Por lo visto es grave grave.

Y tanto. Como que por lo visto ni se plantean operarle. De todas formas hoy ingresa para que le hagan otro escáner de alta definición.

Una pena. Si parecía que se iba a comer el mundo.

Menos mal que al menos no tiene hijos.

No puedo preguntarles, pero esas palabras son suficientes para entender. Esa misma tarde me encargo de encontrarle y hacerme su enfermera particular. Ahora está en mi planta, en mi mundo. Lo llevo a hacerle el escáner y le cojo la mano en el ascensor. Y de pronto, sin saber ni como lo hago, cuando llegamos al sótano -1 y vamos hacia radiología, desvío la camilla hacia un cuarto vacío, y antes de que él me pueda decir nada comienzo a desvestirme. 15 minutos después entramos en la sala 5 de rayos, permanezco allí todo el tiempo, observando la mancha que se extiende a través de sus alveolos como petróleo en alta mar, o como agua en los pulmones de un ahogado. En el silencio de la sala todos escuchamos un silbido que se escapa cuando a Beltrán Vallejo le dicen “ahora respire”.

Anuncios

~ por mismanitasdevelcro en abril 30, 2008.

2 comentarios to “Sílbame una vez más”

  1. Me ha encantado. Veo que la espera ha merecido la pena. Entiendo que hay mucho tuyo en este cuento. Personalmente me quedo con el tramo final que le da la última capa de tristeza. Si tuviera que ponerle alguna pega, quizá trataría de mezclar un poco más las dos primeras partes. Es decir, la primera en la que explica su vida actual y la segunda en la que cuenta el accidente. De todos modos no sé si mejoraría algo, es cuestión de probar.

    A Vicentín le cambiaría de nombre, pero es por las connotaciones chanantes.

    Creo que hay alguna que otra errata:

    “Pero Vicente cambiarlo todo”
    “es demasiado grande para que hacerlo contra la pared”

    Mi enhorabuena

  2. Gracias por las dos correcciones gramaticales, se me habían pasado por completo!

    Krys coincide contigo en lo de Vicentín, así que le cambiaré el nombre. Y creo que tienes toda la razón en lo de mezclar mejor las dos partes, a ver si doy con como hacerlo.

    Un abrazo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: