Valencia

El 5 de marzo, conocido en Zaragoza como “cincomarzada”, es el típico día festivo que todo el mundo espera y que servidora detesta. Decidme que interés tiene, a los 31 años, el pasar un día festivo rodeado de polvo, cierzo, cardos rusos rodantes (también conocidos como salicores o “esas bolas rodantes que aparecen en los westerns”) y hordas de adolescentes hormonados que te tiran el calimocho encima. Llegas a casa empapada, empolvada, acierzada y enfadada. Servidora, un año más, optó por marcharse fuera de la ciudad con la grata compañía de dos amigas, la pintora que llora y la francesa que confunde ser con estar.

Destino Valencia. Madrugón al canto. Cuatro horas y cuarto de autobús, incluída una parada de 15 minutos en Teruel. La autovía terminada (¿de verdad?), el paisaje nevado, un tímido sol entrando por la ventana. Siempre tiene que haber un gilipollas que nos deleita con la música de su móvil-mp3. Mi amiga la francesa, medio dormida en el asiento posterior dice al llegar a Valencia, con su encantador acento: “yo creía que ega la radio del conductor”. Tomen nota del volumen del gilipollas del móvil. El episodio termina en un debate acerca de si la edad nos vuelve más intransigentes, y sí es un derecho o un inevitable defecto de abuelo cebolleta.

Nada más salir de la estación de autobuses, que necesita un lavado de cara, nos encontramos con una tienda de ropa “brasileña”. Eso reza el cartel, pero visto el escaparate, creemos que debería advertir que es para prostitutas brasileñas, o para prostitutas castizas. Lástima no haberle hecho una foto al escaparate. Atravesamos el Turia y paseamos por el centro de la ciudad, a la que han hecho un lavado de cara bestial en los últimos 10 años. Pero Zaragoza no me parece tan fea, a pesar de que mi amiga diga que es “hogogosa”. Le digo que no tiene criterio porque votó a Sarkozy.

Hacemos una hora y cuarto de cola para ver la exposición de Sorolla: visiones de España. Acompañadas de música de jazz, vemos como otros visitantes más avispados han reservado sus entradas con antelación. Le tomamos el pelo a mi amiga sobre si Sorolla va a hacerla llorar. Por fin una exposición bien pensada, en la que solamente acceden al recinto, cada diez minutos, diez personas. Un contador en un panel electrónico a la entrada del edificio señorial de Bancaja señala el número de visitantes desde que comenzó la exposición. El detalle me chirría. También me molesta tener que dejar el paraguas en consigna (¿acaso se considera arma potencial?). Me niego a dejar mi cámara de fotos.

En cuanto accedemos a la gran sala veo la cara de estupefacción de mi amiga, y veo (¡las veo!) lágrimas en sus ojos. Joder con la sensibilidad de los artistas. Esto no es fingido, la miro y está temblando. Decididamente, no creo que yo temblase si me presentasen a Auster, o a Eugenides o a Mailer si no se hubiese muerto. Me conozco, a mi me daría una de esas risas inconvenientes propias de un alto grado de nerviosismo que me han dado más de una vez y que temo como a mi peor enemigo. Sarkozyna dice “joli, joli”. Efectivamente, las pinturas son impresionantes, tanto por la técnica propia de Sorolla como por la luz que desprenden, como por sus dimensiones (hay un cuadro mural que supera los 50 metros de longitud). 15 cuadros que reflejan aspectos de una España rural, la españa de la pandereta, pero también de los mayorales, las fiestas en los tablaos, las romerías, la jota ansotana y la captura de los atunes. Puede que el “fondo” me parezca anecdótico y forzado, y topiquísimo, pero seguramente la España de ese tiempo era así, y lo que queda claro es que Sorolla se merecía una exposición como ésta.

Tras visitar la exposición buscamos un sitio en el que comer y calmar el frío, y tras una infructuosa búsqueda (menús del día de 30 eurazos?) encontramos un ristorante italiano con una pinta estupenda, atendido por un gay que nos pregunta cada 5 minutos si todo está correcto y si nos gusta la comida. Detesto que sean excesivamente amables cuando estoy comiendo, me siento forzada a parecer encantada con una cortesía que sé que es totalmente fingida. Todavía podemos dar una vuelta por Valencia, buscar un Zara porque Sarkozyna tiene frío y quiere comprarse un jersey, visitar la Lonja, el barrio del Carmen, tomarnos tres cafés y un té y esquivar al frío reinante como podemos. Acabamos en un barrio que resulta ser una mezcla entre el Bronx neoyorkino y una discoteca pastillera de fin de semana, y en el que encontramos una tienda de chinos con jerseys a 3 euros, así que Sarkozyna se compra un jersey a rayas y yo descubro una tienda de bolsos japoneses (¿qué hace en mitad de un sitio tan horrible?) hechos con tela de kimono, pero está cerrada, así que me marcho de Valencia con las manos vacías. En la estación, echamos de menos los enormes baños impolutos del edificio de Bancaja y nos comemos un pincho de tortilla de patata con queso, mientras observamos y hacemos cábalas acerca de cual de los conductores que está cenando será el que nos toque en suerte. ¿El que come salchichas con patatas y bechamel? (cuidado con el sueño…) ¿El de la manzana y el botellín de agua? (cuidado con los desfallecimientos..). A la ida he ido todo el viaje hablando con mi amiga la pintora, pero ahora tengo ganas de estar en silencio. Escojo tres discos, el de Black Heart Procession, el Powder Burns de Twilight singers y a los Devastations. Es casi como mecerse.

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~ por mismanitasdevelcro en marzo 10, 2008.

4 comentarios to “Valencia”

  1. Eso de la amabilidad completamente fingida, te lo discuto ya que ejerzo como camarero (en plan voluntario y por ser parte de la família) y mi amabilidad no es para nada fingida. Ven y lo compruebas. Si has ido a Valencia en autobús, podrás pasarte por aquí algún día.

    Encantado de leerte (hacía unos días que no decías nada, no ?).

    Ciao !

  2. Últimamente saco muy poco tiempo para el blog, a ver si lo retomo en serio.

    Un saludo!

  3. Estaba bien avisada de que venían estos murales de la Hispanic Society de Sorolla por otra persona que los vio también en Valencia y para mi gran alivio (y el de Roger, para quien Sorolla y Sargent son semi- dioses) la exposición vendrá a Barcelona, a la MNAC.

    Yo no creo que lloremos ni temblemos, pero lo vamos a disfrutar muchísimo.

  4. Seguro que sí Sandra. Ya me contarás vuestras impresiones!

    Besos

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