Sílbame una vez más

•abril 30, 2008 • 2 comentarios

Me llamo María. María de las Mercedes Salvador. Creo que con este nombre, mi destino estaba abocado a ser enfermera. Casi todas las mañanas, mientras me doy la crema hidratante, me repito: “Tú eres María de las Mercedes Salvador”. Para cuando termino con el masaje cutáneo que me recomendó la esteticista, ya me siento lista para cuidar del mundo entero, y me siento a salvo dentro de mi piel para no dejar que nadie cuide de mí, excepto yo misma.

Camino hacia el hospital, una hora exacta, intentando ir siempre pegada a la derecha. Es otra de mis múltiples manías, que se suman a las puertas cerradas, los chicles de sabores, los zuecos de color rosa fosforescente y colocar los termómetros boca abajo. Cuando llego al hospital las dos tostadas de pan de soja con mermelada se han quedado en el camino, pegaditos a la derecha, y yo me muero de hambre, pero el olor a comida del hospital casi siempre logra que resista sin comer nada hasta el mediodía.

La gente me dice que admiran como lidio con el dolor. Ellos no saben como me castigo cuando dudo de esta profesión, de su utilidad, de cómo hace que mi fe se tambalee. El dolor físico es sólo una parte de esta pesadilla en que todos los días se convierte la planta de oncología. Interferón, recuento de leucocitos, tamoxifeno, morfina, metástasis ósea, tumor primario por amianto, radioterapia, trombos que navegan desde una arteria secundaria hasta un pulmón, en un viaje caprichoso, vómitos, diarreas, calvicies prematuras, pieles que se desecan como un desierto. Padres, maridos, esposas, hijos, amigos, amantes. Y María de las Mercedes Salvador ahí, en la bahía, delante de una puerta, con los zuecos rosas, conteniendo la respiración, forzándose a contener las lágrimas que a veces le vienen a los ojos, las náuseas que le provoca tanto dolor ajeno.

Casi nadie sabe que yo quería ser arqueóloga. Andar entre ruinas, entre piedras, entre objetos inanimados que me contasen sus historias sin necesidad de mover los labios, de emitir sonidos, sin necesidad de ayudarles a levantarse. Viajar, descubrir yacimientos, codearme con la ciencia y la historia como quien queda con dos viejas amigas. Pero Vicente cambiarlo todo. Vicentín era un niño de mi edad, que venía a bañarse a la piscina de mi casa, y cuyos padres eran amigos de los míos. Cuando teníamos doce años lo reté a un concurso para ver cual de los dos aguantaba más la respiración bajo el agua. Vicentín estuvo a punto de ahogarse, y a mi me quedó un complejo de culpa tremendo, así que le pedí a dios, que si Vicentín se recuperaba de aquel encharcamiento en sus pulmones, yo le consagraría la vida a los demás. Y así acabé aquí, en este hospital, al que una vez vino a visitarme Vicentín, que desde el accidente de la piscina sufre de una especie de silbido como si tuviese un tren de mercancías alojado en sus pulmones.

Cuando salgo a la calle siento que el aire me invade, que el ruido me impulsa hacia delante, que la vida fluye tras el interferón. La calle es mi refugio, es un sitio ajeno al dolor, al que egoístamente me aferro, en el que la gente da los buenos días, grita desde los coches, donde las prisas y las caras borradas al segundo me permiten olvidarme de toda esa retahíla de palabras que vienen tras mi primer nombre. Ahí soy María, y voy vestida de azul, camino en silencio pegada a la derecha, feliz ante esos rostros anónimos a los que no tengo que prestar atención, ni compadecer, a los que puedo olvidar al instante. Hasta esta tarde. Porque esta tarde dos personas han venido a quebrar mi burbuja urbana, mi paz de largas avenidas de escaparates, de rostros anónimos que no reflejan ni alegría ni pena, quizás sólo algo de cansancio o aburrimiento. He visto a una mujer de cabello rubio, llorando desesperada. Su cabeza inclinada mostraba unas raíces negras que la hacían todavía más patética, más digna de lástima. Yo acababa de sentarme a tomarme un café en la terraza de al lado, así que he visto todo el espectáculo de su amarga desesperación. Lloraba sin pudor, como si estuviese sola, secándose las lágrimas con unos puños de tamaño desproporcionado. Un hombre ha venido a buscarla y la ha abrazado en silencio, llevándosela de allí. Me he quedado un rato más, mirando la taza ahora vacía, sin saber exactamente que sentía. Y he vuelto al trabajo, he cogido el autobús, extrañamente medio vacío. Y ahí, ha vuelto a suceder. Me he fijado en una muchacha de unos 20 años, de cabello castaño, acné ligero, con una coleta que mostraba un pelo sin capas, sujeto con una goma color lila. Iba sentada en los asientos de la parte trasera. El autobús ha atravesado la Plaza de España y ha parado en capitanía general, donde tres soldados del ejército profesional, delante de un stand, repartían folletos y respondían las dudas de la ciudadanía. Un puesto de reclutamiento. Los ojos de la muchacha de la coleta se han arrasado completamente de lágrimas, sin llegar a derramarse. La he visto sofocarlas, alejarlas con el pensamiento, cerrar los ojos, y sentir una tristeza infinita. ¿Quizás un hermano, un novio en el frente? O peor, ¿un hermano o un novio que ya no está? O una hermana, o una novia. Da igual. Alguien. Algo. De hace tiempo. De hace poco. Da igual.

El dolor de estas dos mujeres me ha causado fiebre. Creo que llevo tanto tiempo lidiando con el dolor a diario, que al final se vuelve falso, no parece real. Hasta que te alcanza allí donde crees que estás a salvo, como si un terremoto te sorprendiera en tu casa, a medio vestir y con una sola zapatilla. Me he dado cuenta de que hace demasiado tiempo que me administro morfina para no sentir el dolor, y trankimazín para ser capaz de dormir. Que soy una sociópata que en realidad se escuda en el dolor ajeno para no escuchar el suyo. Por la noche, he sacado el álbum de fotos de la boda, que acabó siendo el álbum de fotos de toda una vida, vacaciones en pareja, el nacimiento del niño. Repaso lo que fue mi vida aquellos años, sintiendo que mis ojos arden pero no pueden llorar. La última fotografía es de 2004, justo aquel verano en que hizo tanto calor. Recuerdo a Enrique sentado al lado del balcón, con una jarra de cerveza helada en la mano, y con Nino sentado en las rodillas. Las hojas vacías del álbum de fotos me hacen sentir naúseas, pero por primera vez desde hace mucho tiempo soy capaz de recordar el accidente, las risas, y a Vicentín, que, casualidades de la vida, acabó siendo compañero de trabajo de mi marido, y hasta amigo suyo, diciendo que quería darnos un paseo en el coche nuevo. Recuerdo que en la histeria de los momentos que sucedieron al accidente, después de comprobar que ni Enrique ni Nino parecían respirar, me acerqué hasta Vicentín, que respiraba con dificultad. El silbido del pecho se había esfumado. Lo odié, deseé verlo muerto, deseé que hubiera muerto en aquella piscina, aquella vez, aquel año, aquel instante. Pero vivió, se alejó de mí como si nunca me hubiera conocido. Alguien me dijo que creía que se había marchado a vivir fuera de Madrid, pero durante mucho tiempo yo sólo pude imaginarlo en el fondo de una piscina, ahogado, teñido de azul, un monigote espantoso parecido a uno de esos muñecos con los que los socorristas practican, vestido con un gorro de los que usan los cirujanos cuando entran a quirófano a operar a vida o muerte.

Duermo con la esperanza de que la noche borre la sensación de haber retrocedido 5 años de golpe, o debería decir de una aguadilla. Sueño con piscinas, con mujeres que lloran tras velos que ocultan su cara. También sueño con el Doctor Beltrán Vallejo. Y descubro que es esto último lo que más me molesta.

Beltrán Vallejo es el jefe de cardiología del hospital. Suelo coincidir con él en el ascensor para personal del hospital que lleva directamente a la sala de café. Es educado hasta la irritación.

– Buenos días Mercedes

– Doctor Vallejo…

Nunca me he atrevido a llamarle Beltrán. No nos engañemos, médicos y enfermeras tratan de evitarse aunque las paredes cuenten a gritos los polvos en los boxes vacíos y los cuartos de descanso. Es como si alguien hubiera trazado una fina línea que separa a dioses y aprendices de santos. Por eso me ha sorprendido que esta mañana me abordase como lo ha hecho:

Mercedes, parece que no tienes hoy buena cara..

He dormido mal.

Sí, ha sido una noche extraña. Tampoco yo he dormido mucho.

Será el verano.

Será el calor.

Me dan ganas de contarle todo, lo de Vicentín, lo de Nino, el accidente. Me dan ganas de decirle que no he echado un polvo desde hace cinco años. Me dan ganas de decirle que necesito que me eche un polvo en este ascensor revestido de algún material ignífugo, y aún me da tiempo a pensar que es demasiado grande para que hacerlo contra la pared y usar mis piernas como amortiguadores. Pero no digo nada. Le deseo buenos días y salgo del ascensor delante de él, con la culpa pegada a los talones y los ojos de él siguiéndome de cerca.

Me ilusiono un poco pensando en Beltrán como una posibilidad, una ilusión remota, una aspirina efervescente entre tanto interferón. Y pienso en la cena anual del hospital, que me he perdido los últimos años, y decido que ahora que la presa se ha abierto y el agua se ha desbordado es el momento de que por fin se lleve por delante todo lo que se tenga que llevar.

Los días siguientes no coincido con Vallejo en el ascensor, ni en la sala de café, ni me lo encuentro en el parking. Este hospital es pequeño, así que pienso que se ha ido de vacaciones, o está en un congreso, un curso, o está matándose a polvos en un congreso, o un curso. Hasta que en el comedor, dos enfermeras de la planta de cardio me revelan la verdad:

¿Te has enterado de lo de Vallejo? Por lo visto es grave grave.

Y tanto. Como que por lo visto ni se plantean operarle. De todas formas hoy ingresa para que le hagan otro escáner de alta definición.

Una pena. Si parecía que se iba a comer el mundo.

Menos mal que al menos no tiene hijos.

No puedo preguntarles, pero esas palabras son suficientes para entender. Esa misma tarde me encargo de encontrarle y hacerme su enfermera particular. Ahora está en mi planta, en mi mundo. Lo llevo a hacerle el escáner y le cojo la mano en el ascensor. Y de pronto, sin saber ni como lo hago, cuando llegamos al sótano -1 y vamos hacia radiología, desvío la camilla hacia un cuarto vacío, y antes de que él me pueda decir nada comienzo a desvestirme. 15 minutos después entramos en la sala 5 de rayos, permanezco allí todo el tiempo, observando la mancha que se extiende a través de sus alveolos como petróleo en alta mar, o como agua en los pulmones de un ahogado. En el silencio de la sala todos escuchamos un silbido que se escapa cuando a Beltrán Vallejo le dicen “ahora respire”.

Soñar es gratis

•marzo 27, 2008 • 6 comentarios

Las vacaciones siempre son un pequeño oasis en la rutina. Leyendo opiniones sobre si la gente volvería a su trabajo si le tocase la lotería, tengo que posicionarme entre los que encuentra que la ociosidad está bien, pero en un grado intermedio. Ya lo he dicho otras veces, un premio de la lotería me permitiría montar mi propia librería, abocada, seguramente, al fracaso comercial más absoluto. O quizás no. Si quitamos toda la parte de gestión económica, de la que no tengo ni idea, ni logística, queda la parte creativa. Creo que no tendría mal ojo para saber escoger novelas, ensayos, que pudieran interesar a la gente. Pero claro, si lo que quieres es sacarla adelante con unos buenos beneficios, te ves obligado a vender a Follet. Y yo me negaría. Creo que tomar por axioma que no vendería ningún libro que yo no estuviese dispuesta a leer sería un error comercial, un suicidio económico. Me gustó leer el otro día a Eduardo Mendoza, escritor al que respeto, diciendo cosas como esta: “soy muy dejado, no me daban premios y no me importaba”. Al final, ¿para qué escribimos, para quien escribimos? ¿Nuestro ego se ve acariciado cuando escribimos algo de lo que estamos orgulloso pero es incapaz de ver la luz, de ser reconocido? Casi todos los escritores reconocen la “necesidad” de escribir. Y casi todos, y esto es una idea personal mía, son grandes tímidos, a pesar de que pueda parecer lo contrario, como luego confirma Eduardo Mendoza al final de su entrevista.

Tengo unas amigas que desde hace un par de años tienen una idea en la cabeza, y es la de montar un espacio donde se conjugue la literatura, el arte, y el diseño. Una de mis amigas es diseñadora industrial, y creo que hace un trabajo fantástico. Ha diseñado desde logos para agua mineral de lujo hasta todo el interiorismo de una Almazara destinada a museo. La otra es la pintora. Y las otras dos, son economistas, en estos momentos, embarcadas en la gestión económica de la expo. La idea es buena, un lugar donde mezclar una sección de librería, otra de venta de artículos de diseño, y pinturas y muebles restaurados. Creo que nada nos impide hacerlo, excepto el miedo. Quizás no sería tan difícil alquilar un local, decorarlo, e intentar empezar en una ciudad que en principio no parece muy proclive a los experimentos, pero que creo firmemente que los necesita. En lo que coincidimos todas es en lo poco románticos que son nuestros trabajos actuales. Y no es que el trabajo tenga que ser una fuente constante de romanticismo, pero a veces la falta de creatividad me mata. Hay gente que es feliz apretando tornillos en una cadena de montaje, sin tener que tomar decisiones, repitiendo una y otra vez un giro de mano a la izquierda o derecha. Hasta el trabajo más creativo, a veces se vuelve rutinario. La pintora pinta por encargo y la diseñadora ve límites impuestos a su creatividad por una jefa incompetente y envidiosa. Y eso también las mata. La oposición aprobada me ha dado estabilidad económica, así que podría arriesgarme a intentar que nos concediesen un préstamo para intentar comenzar lo que mi amiga Marta llama “nuestra locura”. Y sí, es una locura porque creo que en el fondo todas sabemos que no es más que un sueño, que alimentamos de vez en cuando con ideas descabelladas sobre instalar en nuestro multiespaciocultural una pequeña cocina en la que preparar pequeñas tapas y postres, y café, para ofrecer a los visitantes. La imaginación se desborda, pero ocurre como en la literatura, que luego piensas que todo está inventado, y que es muy difícil encontrar el truco que haga que la gente decida traspasar el umbral y no se sienta intimidada en un lugar así, en el que te tratan por tu nombre de pila y te ofrecen café nada más pisar ese enorme felpudo que hay a la entrada. Pero como soñar es gratis, seguiremos soñando. Mientras tanto, me conformo con visitar proximamente el Artium, el Museo de Arte Vasco Contemporáneo, y su exposición “Adquisiciones recientes”.

Valencia

•marzo 10, 2008 • 4 comentarios

El 5 de marzo, conocido en Zaragoza como “cincomarzada”, es el típico día festivo que todo el mundo espera y que servidora detesta. Decidme que interés tiene, a los 31 años, el pasar un día festivo rodeado de polvo, cierzo, cardos rusos rodantes (también conocidos como salicores o “esas bolas rodantes que aparecen en los westerns”) y hordas de adolescentes hormonados que te tiran el calimocho encima. Llegas a casa empapada, empolvada, acierzada y enfadada. Servidora, un año más, optó por marcharse fuera de la ciudad con la grata compañía de dos amigas, la pintora que llora y la francesa que confunde ser con estar.

Destino Valencia. Madrugón al canto. Cuatro horas y cuarto de autobús, incluída una parada de 15 minutos en Teruel. La autovía terminada (¿de verdad?), el paisaje nevado, un tímido sol entrando por la ventana. Siempre tiene que haber un gilipollas que nos deleita con la música de su móvil-mp3. Mi amiga la francesa, medio dormida en el asiento posterior dice al llegar a Valencia, con su encantador acento: “yo creía que ega la radio del conductor”. Tomen nota del volumen del gilipollas del móvil. El episodio termina en un debate acerca de si la edad nos vuelve más intransigentes, y sí es un derecho o un inevitable defecto de abuelo cebolleta.

Nada más salir de la estación de autobuses, que necesita un lavado de cara, nos encontramos con una tienda de ropa “brasileña”. Eso reza el cartel, pero visto el escaparate, creemos que debería advertir que es para prostitutas brasileñas, o para prostitutas castizas. Lástima no haberle hecho una foto al escaparate. Atravesamos el Turia y paseamos por el centro de la ciudad, a la que han hecho un lavado de cara bestial en los últimos 10 años. Pero Zaragoza no me parece tan fea, a pesar de que mi amiga diga que es “hogogosa”. Le digo que no tiene criterio porque votó a Sarkozy.

Hacemos una hora y cuarto de cola para ver la exposición de Sorolla: visiones de España. Acompañadas de música de jazz, vemos como otros visitantes más avispados han reservado sus entradas con antelación. Le tomamos el pelo a mi amiga sobre si Sorolla va a hacerla llorar. Por fin una exposición bien pensada, en la que solamente acceden al recinto, cada diez minutos, diez personas. Un contador en un panel electrónico a la entrada del edificio señorial de Bancaja señala el número de visitantes desde que comenzó la exposición. El detalle me chirría. También me molesta tener que dejar el paraguas en consigna (¿acaso se considera arma potencial?). Me niego a dejar mi cámara de fotos.

En cuanto accedemos a la gran sala veo la cara de estupefacción de mi amiga, y veo (¡las veo!) lágrimas en sus ojos. Joder con la sensibilidad de los artistas. Esto no es fingido, la miro y está temblando. Decididamente, no creo que yo temblase si me presentasen a Auster, o a Eugenides o a Mailer si no se hubiese muerto. Me conozco, a mi me daría una de esas risas inconvenientes propias de un alto grado de nerviosismo que me han dado más de una vez y que temo como a mi peor enemigo. Sarkozyna dice “joli, joli”. Efectivamente, las pinturas son impresionantes, tanto por la técnica propia de Sorolla como por la luz que desprenden, como por sus dimensiones (hay un cuadro mural que supera los 50 metros de longitud). 15 cuadros que reflejan aspectos de una España rural, la españa de la pandereta, pero también de los mayorales, las fiestas en los tablaos, las romerías, la jota ansotana y la captura de los atunes. Puede que el “fondo” me parezca anecdótico y forzado, y topiquísimo, pero seguramente la España de ese tiempo era así, y lo que queda claro es que Sorolla se merecía una exposición como ésta.

Tras visitar la exposición buscamos un sitio en el que comer y calmar el frío, y tras una infructuosa búsqueda (menús del día de 30 eurazos?) encontramos un ristorante italiano con una pinta estupenda, atendido por un gay que nos pregunta cada 5 minutos si todo está correcto y si nos gusta la comida. Detesto que sean excesivamente amables cuando estoy comiendo, me siento forzada a parecer encantada con una cortesía que sé que es totalmente fingida. Todavía podemos dar una vuelta por Valencia, buscar un Zara porque Sarkozyna tiene frío y quiere comprarse un jersey, visitar la Lonja, el barrio del Carmen, tomarnos tres cafés y un té y esquivar al frío reinante como podemos. Acabamos en un barrio que resulta ser una mezcla entre el Bronx neoyorkino y una discoteca pastillera de fin de semana, y en el que encontramos una tienda de chinos con jerseys a 3 euros, así que Sarkozyna se compra un jersey a rayas y yo descubro una tienda de bolsos japoneses (¿qué hace en mitad de un sitio tan horrible?) hechos con tela de kimono, pero está cerrada, así que me marcho de Valencia con las manos vacías. En la estación, echamos de menos los enormes baños impolutos del edificio de Bancaja y nos comemos un pincho de tortilla de patata con queso, mientras observamos y hacemos cábalas acerca de cual de los conductores que está cenando será el que nos toque en suerte. ¿El que come salchichas con patatas y bechamel? (cuidado con el sueño…) ¿El de la manzana y el botellín de agua? (cuidado con los desfallecimientos..). A la ida he ido todo el viaje hablando con mi amiga la pintora, pero ahora tengo ganas de estar en silencio. Escojo tres discos, el de Black Heart Procession, el Powder Burns de Twilight singers y a los Devastations. Es casi como mecerse.

Avanzando, o como conformarse con no retroceder

•febrero 15, 2008 • 3 comentarios

Avanzar, mirar hacia adelante. La 4ª acepción del diccionario de la R.A.E. proclama: “Adelantar, progresar o mejorar en la acción, condición o estado.” En eso estamos, intentando avanzar.

Hace unas semanas me propusieron algo. Me propusieron (a mi y a otra compañera) la posibilidad de aceptar una plaza de directora de una de las bibliotecas del campus. Supongo que está claro que no la acepté, sobre todo, porque los nombramientos a dedo en el funcionariado no me gustan. Podría pensar que si han pensado en mi como potencial candidata pueda ser porque lo valgo, o porque lo merezco. Pero ahí entra mi yo oscuro, el que se acobarda, así que tomamos la decisión de decirle al super dire, que saque la plaza a concurso, en definitiva, que el proceso sea transparente.

El miedo a veces es necesario. Pero otras te impide avanzar. Esta noche se entregan los premios Cálamo de escritura, y se celebran con una cena. Uno de los ganadores fue un antiguo profesor mío, con el que últimamente me he escrito algún mensaje. Podría ir a esa cena. Podría ponerle una cara a mi dirección de correo electrónico. Podría curiosear entre editores, escritores y libreros. Pero no lo haré, así que acabaré viendo Callejeros en Cuatro, o una peli, o jugando al guitar hero, o cualquier otra cosa.

El otro día pensaba con la gran cantidad de relatos que anidan en los blogs conocidos o desconocidos, podría hacerse un libro de relatos increíble. Algunos serían buenos, otros nefastos, otros aburridos, otros desternillantes, y otros, idiotas. Pero seguro que todos serían valientes.

Os dejo un estupendo decálogo de Murakami y el último relato que he escrito y enviado para la SER.

Un decálogo murakamiano apócrifo

1. Silogismo: la ficción es imaginación y la imaginación es real, luego ¿la ficción es real?

2. Ante la duda, jamás desprecies la ficción de género: Raymond Chandler o J. G. Ballard también valen su peso en oro.

3. Lleva razón Roland Barthes: el que habla (en el relato) no es el que escribe (en la vida) y el que escribe no es el que es.

4. Pulp fiction y Cult fiction conviven en la novela sin necesidad de cuidados especiales.

5. Una fórmula para la felicidad: un vaso de Wild Turkey leyendo cuentos de Carver mientras suena la Suite francesa de Poulenc (o cualquier tema de Bill Evans o Bird Parker, de cualquier grande del jazz, mejor).

6. Un cóctel que nunca falla en narrativa: 1/3 de ambigüedad, 1/3 de humor y 1/3 de memoria inventada.

7. No existe la ficción americana, rusa o japonesa. Existe la ficción (que será global o no será).

8. Kafka en el altar: “Explica lo más extraño como si fuese lo más natural”.

9. Balzac y Gauguin discutiendo sobre si Star Trek es mejor que Fort Apache mientras Hitchcock les espera en Starbucks tomando un café.

10. Goyesca japonesa: “El sueño de la ficción produce monstruos”.

Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. Los tornillos todavía tintineaban en el bolsillo de mi pantalón cuando me coloqué en la fila de los de séptimo A, a unos 15 niños de Fernando, el primero de la fila, destacando entre los demás, con su metro noventa de mala leche. Vería aquel gilipollas cuando aquel pupitre se le cayese encima.

-¿Me cambias el sitio?

La voz de Lola me llegó como en un sueño. Les vi subir corriendo las escaleras.

Mi maldita cojera me impidió llegar a tiempo, pero ahora hay una rampa, y la silla de Lola, a motor, sube perfectamente.

Otra vez el reto de las cien palabras

•febrero 8, 2008 • Dejar un comentario

Esta semana tocaba intentarlo de nuevo. Cien palabras, una historia. Con lo que me gusta a mi explayarme, pero es lo que toca. Hace unos días, vía mail, un antiguo profesor que me dio clases de francés en la Universidad y que es escritor y ensayista, me dio un sabio consejo. Y es que tuve la desfachatez de enviarle un par de relatos de servidora para que me diera una opinión objetiva y a ser posible crítica. Sus palabras de ánimo y de elogio me subieron la moral, pero sobre todo, me quedo con este consejo: Mi propia experiencia es que no hace falta ser amigo íntimo ni perder horas de vida social para conseguir publicar un libro. Personalmente no puedo quejarme, gracias a francotiradores. Es cuestión de intentarlo.

Es cuestión de intentarlo, pues. Creo que sigo inventando mini-historias que a mi me gustan pero que sigo sin captar la esencia del concurso. Nunca he sabido resumir.

No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando desde la mesa del bar. Y yo ahí, esperando con las bragas de látex y el traje de organdí rosa tras la cortina.

-Irina, sal ya a contonearte o te despido.- Lazarius me palmeó las nalgas.

-No puedo. Mira al tipo ese de ahí abajo, el de los bigotes a lo Dalí.

-¿Qué le ocurre?

-Me sigue. Creo que puede ser de inmigración, quizá hasta te puede cerrar el negocio.

-Espera aquí.

-Irina, eres idiota. Te dejaste esto en su casa.  Y Lararius me palmeó el culo de nuevo con mi tiara de plástico comprada en el todo a cien.

 

La dificultad de las cien palabras

•enero 31, 2008 • 5 comentarios

Cuelgo alguno de los microrrelatos para la SER que me animé a enviar. Tengo que decir que supongo que será cuestión de ir practicando pero el nivel es muy alto y me parece bastante complicado.

No funcionó. Aquella mañana salí con unos cientos de euros en el bolsillo, y compré el disfraz y la pintura. Por la noche entré en el cuarto de Alba, y la desperté de golpe. Mi hija emitió un grito descomunal y sufrió una crisis de nervios ante aquel payaso de enorme sonrisa.

Mi mujer me limpió la cara con una toallita desmaquilladora, mientras me convencía de que la teoría del shock del último psiquiatra infantil que habíamos visitado le parecía una tontería. Me acordé que junto con el traje había comprado un pastel. Y veintisiete velas de colores.

 

Me doy cuenta de que ya echo de menos a mi ex mujer y a mis hijas. Pensaba que convivir con una maniaco-depresiva era lo más terrible que conocía, hasta que apareció Fred, un viejo compañero de universidad, y cometí el error de aceptar compartir piso con él. Creo que está totalmente fuera de control, ayer me contó que

a veces oye voces en su cabeza, mientras se servía un martini. Pienso que no ha sido una buena idea inventar un personaje esquizofrénico. Espero ser capaz de acabar la novela, incluso aunque mi familia ficticia no regrese.

Me doy cuenta de que ya echo de menos a mi ex mujer y a mis hijas. Me retuerzo bajo las capas de mantas, y siento un dolor agudo en la punta de los pies. El termómetro marca 5 grados sobre cero y las estufas de queroseno amenazan con estallar. A mi lado, Marina duerme como si la vida le fuera en ello. Cuando me preguntó qué sería capaz de hacer por ella sólo pronunció una palabra, Levi. Pensé en unos vaqueros ajustando mi trasero. Para entonces aún no me había contado que sus padres vivían en Laponia.

 

Alex, Basquiat, y Duane

•enero 22, 2008 • Dejar un comentario

 

El fin de semana siempre es un regalo.Viernes, cena con los compañeros de trabajo. 6 compañeros se van de la biblioteca, algunos, de regreso a las listas de interino, otros a las del INAEM. Es lo que tienen las malditas oposiciones, que no miran la validez ni uno u otro, que todo depende de lo inspirado que estés el día del examen.Cena por 15 euros, con vino peleón, calamares y huevos rotos, y después, pupurri sesentero-ochentero en un bar cercano donde nos sirvieron un garrafón tremendo que me propinó un importante dolor de cabeza a la mañana siguiente.

 

 

Momentos de exaltación de la amistad, de foticos, y de risas con los pulpos vacilantes del bar que rondaban la cuarentena, y que intentaban conquistar a más de una con aquello de “tengo tierras, tengo riegos” (que parece mentira pero todavía debe de estilarse en los bares que no son de modernos). En los de modernos supongo que más bien es: “tengo coca, tengo éxtasis, vamos al baño a colocarnos”. Al menos eso deduzco de mis últimas salidas nocturnas. Por cierto que al de los riegos le dijimos que se fuese a Gran Scala, que había muchas tierras que regar.

 

El sábado tras comida familiar, fuimos a ver Los Crímenes de Oxford. Nada nuevo que no se haya dicho. Película meramente correcta. La química entre el hobbit y la musa es inexistente por mucha teta o ubre que enseñe la Watling. Además, la doblan, con lo cual la musa pierde esa voz susurrante que mece tanto a hombres como mujeres, y sale perdiendo. Ni Wittgenstein ni Pitágoras salvan la película, pero se deja ver. Lo mejor fue el trailer adelanto de Sweeney Todd. O es muy engañoso, o la nueva película de Burton promete. De todas formas, me pregunto qué le ha ocurrido a Alex de La Iglesia, para que una película de él parezca de cualquier otro. Seguramente, cuando los creadores son puestos en entredicho o algún periodista malévolo les pregunta lo mismo, contesten que es la madurez, o que están explorando nuevas formas de discurso y de hacer cine, o que esto siempre ha estado en su cine. Falso. Un director no tiene por qué hacer siempre la misma película, véase la propia Una historia verdadera de Lynch, alejada totalmente de Dune o Terciopelo Azul, pero sí debe conservar su talento. Y Alex de La Iglesia se lo ha dejado en el camino.

 

El domingo por la mañana tomo café debajo de casa con una de mis amigas, que me cuenta que ella ha tenido obstrucción de las glándulas salivares y que su hija tiene Síndrome de Duane. Joder, y todos pensando que la niña era una simple estrábica. Así que aprendo una nueva palabra médica que sé fehacientemente que no se me va a olvidar. Básicamente, consiste en que el ojo, generalmente el izquierdo, no tiene movilidad hacia la izquierda, lo que hace que la niña intenta mirar hacia la izquierda con el otro ojo, dando aspecto de estrábica. Me alivia saber que mi amiga se ha mirado unas 100 entradas distintas en google intentando adivinar más sobre esta dolencia, que afecta a un mayo número de mujeres. La diferencia entre ella y yo es que ella interpreta los datos acerca de las complicaciones que a veces tienen en los riñones como algo que no suele ser frecuente. Seguro que en mi caso, esa misma tarde notaría un dolor agudo en un costado.

 

Por la tarde no me dejan descansar. Quiero hacer el vago, quiero ver Basquiat, pero el teléfono suena y al final acabo en el cine con una amiga viendo “En el valle de Elah”. Película que se engrandece en el drama intimista de un hijo perdido y se pierde cuando la historia va más allá de esa muerte y el impacto de esos padres, y divaga acerca de la guerra de Irak, en un discurso que se queda miope, cojo, sordo y torpe, al menos para servidora.

 

Aún llego a tiempo de ver Basquiat, película sobre arte, sobre el ego de los artistas. La película pone de manifiesto la relación dual de desprecio y atracción que el artista negro estableció frente al dinero y la fama (porque el reconocimiento nunca fue utilizado como fin sino como un medio reivindicativo), así como un compromiso indeleble y tal vez único frente a su arte. Más que compromiso, y según el propio Basquiat, su creación respondió más bien a necesidades expresivas, puesto que para él no hubo ataduras sociales de ningún tipo.

Basquiat ha generado desde siempre muchísima controversia. Para algunos, sus pinturas responden a un alma infantil ajeno a este mundo. Para otros, es un verdadero genio. Lo único cierto, es que ha alcanzado fama universal (es el único artista plástico negro que ha salido en la portada del New York Times) y que sus pinturas se siguen vendiendo como churros.

 

Lo que no dice nada a su favor es que en algunas webs dedicadas al autor, se incluyan secciones que inviten al público a crear “una obra de arte estilo Basquiat”. Pero, ¿no habíamos quedado en que el arte es inimitable? A lo mejor basta con tener síndrome de Duane para saber mirar el mundo de una manera distinta.