Otra vez el reto de las cien palabras
Esta semana tocaba intentarlo de nuevo. Cien palabras, una historia. Con lo que me gusta a mi explayarme, pero es lo que toca. Hace unos días, vía mail, un antiguo profesor que me dio clases de francés en la Universidad y que es escritor y ensayista, me dio un sabio consejo. Y es que tuve la desfachatez de enviarle un par de relatos de servidora para que me diera una opinión objetiva y a ser posible crítica. Sus palabras de ánimo y de elogio me subieron la moral, pero sobre todo, me quedo con este consejo: Mi propia experiencia es que no hace falta ser amigo íntimo ni perder horas de vida social para conseguir publicar un libro. Personalmente no puedo quejarme, gracias a francotiradores. Es cuestión de intentarlo.
Es cuestión de intentarlo, pues. Creo que sigo inventando mini-historias que a mi me gustan pero que sigo sin captar la esencia del concurso. Nunca he sabido resumir.
No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando desde la mesa del bar. Y yo ahí, esperando con las bragas de látex y el traje de organdí rosa tras la cortina.
-Irina, sal ya a contonearte o te despido.- Lazarius me palmeó las nalgas.
-No puedo. Mira al tipo ese de ahí abajo, el de los bigotes a lo Dalí.
-¿Qué le ocurre?
-Me sigue. Creo que puede ser de inmigración, quizá hasta te puede cerrar el negocio.
-Espera aquí.
-Irina, eres idiota. Te dejaste esto en su casa. Y Lararius me palmeó el culo de nuevo con mi tiara de plástico comprada en el todo a cien.

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