El ingenuo encanto de la torpeza
El otro día se hablaba de la torpeza. Siempre, siempre, desde que yo recuerde, he sido torpe. Era la típica niña que se caía de la silla en clase, la que se caía en la clase de gimnasia, la que se quedaba atascada en el churro va! Y en el plinto, la que se quedaba sin silla en ese juego cruel y a la que se le rompía la tiza al escribir en la pizarra. Si a todo eso le sumas que encima era estudiosa, el resultado es que desde luego no formaba parte de los populares de la clase. Nunca era de las primeras a las que elegían cuando se hacían equipos a la hora de jugar, y cuando mis compañeras empezaron a pintarse a escondidas y a quedar en el banco de la esquina con los chicos del barrio jamás me invitaron. Mejor. Con 13 años prefería quedarme leyendo entradas de la enciclopedia y leyendo a Machado. Así me ha ido. Me da la impresión de que llegué tarde a algunas cosas.
Creo que existen dos tipos de torpes. Si eres torpe pero encantador, guapo, las coletas te saltan alegremente o tienes dos tetas enormes, es fácil que la gente te mire con simpatía y piense que más que torpe eres distraído, y que vea en ello una característica de tu ser y no un defecto. Si eres normalito o tus tetas no pasan de una 90 difícilmente te van a mirar con tanta simpatía. Pasarás a ser el torpe sin remedio. Porque mis descalabros podrían seguir. La torpe que resbala con la mochila en la montaña, la que se levanta una hora antes porque ha puesto mal el despertador, la que rompe las entradas del cine. Por eso me gustan los torpes, y las torpes, afortunadamente, somos muchos.
¿Qué tiene de interesante la perfección? Absolutamente nada. Shúrik, el protagonista del último libro que estoy leyendo, se enamora de Lilia, que tiene orejas despegadas, espalda peluda, y piernas torcidas. Ama su individualidad por encima de todo. Afortunadamente, llega una edad, en que la individualidad cuenta mucho más que los rasgos de un grupo en el que se puede o no encajar, en que pasa a ser un valor, y no una diferencia negativa.
Es curioso que la adolescencia sea una etapa en la que uno lucha por independizarse, afirmarse y reafirmarse, y sin embargo, es cuando más gregario y gris resulta. Los años afirman la individualidad, así que es más fácil que la torpeza también sea más disculpada con el paso de los años.
El otro día, en la cola del Mercadona, un hombre de unos cuarenta y pocos metía a destajo la comida y los productos en las bolsas de plástico. Lo miré pensando que las estaba sobrecargando. A los 5 segundos, cuando yo ya estaba pasando mis productos, volvió con las bolsas rotas, perdiendo por el camino los productos. Volvieron a darle bolsas, y se le volvieron a romper (esa sobrecarga!!). Toda la cola le miró con compasión, y no faltaron comentarios como: “a estos hombres no se les puede mandar nada”. La señora que pronunció la frase me miró buscando mi complicidad, pero se encontró con una mirada burlona. Creo que fui la única que entendió que seguramente aquel hombre dejaba los grifos abiertos, se le olvidaban los cumpleaños y la lluvia siempre le pillaba sin paraguas. Creo que fui la única que lo encontró encantador, aunque provocase un atasco en la cola.

Yo tiendo a mirar la torpeza como algo encantador también, pero es muy probable que sea por justificar la propia. A veces me regodeo en mi poca cabeza y en mis despistes, pero eso provoca que luego vaya pisando a todo el mundo sin querer por ahí, lo que puede ser desquiciante.
Está muy bien éso de la individualidad, pero el pelo en la espalda no por Dios!